martes, 1 de diciembre de 2009

Por Tavo

Carmela y Tino, por Diego Aballay



Mientras Carmen dormía yo dibujaba incansablemente. Quizás para vencer mi soledad. Había parvas de hojas oficio del ministerio y siempre alguna cajita con doce fibras Sylvapen.
Dibujaba con lapicera, no pensaba en borrar posibles errores o imperfecciones. Era un niño.
Hacía los ruidos de los tanques y las ametralladoras, las explosiones, los monstruos, los dinosaurios (mi fascinación) y hasta los cavernícolas.
Mi mundo era la fantasía y la aventura, y en ese lugar yo era infinito en mi propia imaginación.
Podía usar las hojas de los dos lados, y llenarlas con soldaditos muy chiquitos y aviones.
Recuerdo aquellas tardes en la mesa circular blanca, con las sillas color naranja.
Cuando mi abuela se despertaba de la siesta llegaban los elogios, los mimos y el mate cocido con pan con "patefuá".
Había flores en el patio, y en el viejo galpón, estaban mis bolsas con soldaditos, y mis fuertes y aviones de madera, hechos magistralmente por mi abuelo Tino.
Hoy, desde el hombre que soy, recuerdo...

Juan Moreira, por José Massaroli

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